Hace unas cuantas semanas me vi en una situación odiosa, aunque común: el tren llegaba tarde. Para mi sorpresa, pese a la cancelación de ruido, conseguí escuchar algunas frases que me resultaron sorprendentes para el contexto concreto en el que me encontraba, que recordemos que se trataba de una estación de trenes la mar de corriente. Decidí ir apuntándolas con el objetivo de eventualmente desentrañar el significado de todo aquello. Ahora me veo obligado a publicarlas. Insisto, quiero que quede constancia de que lo he hecho en contra de mi voluntad.
— Y al final se fue sin despedirse.
— No me dio tiempo a pasar por la farmacia.
— El de los auriculares lleva aquí toda la mañana.
— Gracias por haber venido.
— No encontrábamos la entrada.
— ¿Quién se pone auriculares en el tanatorio?
— No tenía nada negro, lo siento.
— No somos nadie.
— No vayas de negro, vale, pero llevar la camiseta del ‘Viva la Vida World Tour’ es de mal gusto.
— Decidme si puedo hacer algo por vosotros.
— Lo sabía, sabía que luego irías al concierto de Coldplay. Eras su tío por el amor de Dios.
— Agua, me están entrando unos calores.
— Eras tú la que no me dejaste nunca formar parte de la vida de tu hijo. No pidas ahora que por el luto pierda la entrada.
— Te voy a pedir que te vayas.
— Déjame en paz, tú déjame en paz. Dejaste tirada a mi hermana, no estás para hablar.
— Que alguien llame a una ambulancia.
— Se ha desmayado por vuestra culpa, fuera los dos de aquí, ahora mismo.
— Ese chico de ahí con los auriculares escribe rapidísimo.
— Ahora nos ha mirado. No creerás que está transcribiendo todo esto.
— Por favor, no es el momento, sujeta la cabeza de tu prima mientras voy a por agua.
— ¡Eh! Este hijo de puta está tomando nota de todo lo que decimos.
Después de esto, un grupo violento de pasajeros me echaron de la estación. No entendí lo que decían, pero supuse que con tanto retraso que llevaba el tren querrían menos competencia por los asientos buenos. Al final tuve que recurrir al transporte privado. Insisto, no era mi intención, pero el servicio de transporte público mostró sus carencias y el destino me puso delante una alternativa contaminante, sí, pero económica. Entiendo mi error, pero creo que hay que entender que llevaba mucho esperando y no podía pagar un taxi, por lo que una ambulancia mal aparcada con las llaves puestas parecía que fuera un regalo divino.
Es por ello, señor juez, que considero una exageración la condena que me piden. Se trata de un simple malentendido provocado por un error grave de la infraestructura pública. En el fondo, si lo piensa, las víctimas no fueron culpa realmente de mi conducción temeraria, más bien fueron más culpa de Óscar Puente, actual Ministro de Transporte y responsable último del deficiente servicio de trenes de este país. Ruego que se me exculpe de los cargos y en su lugar condenen a, repito, Óscar Puente.

