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Jóvenes anécdotas de papá.

En este banco están sentados un padre y un hijo...

Este último, que acaba de leerse el Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein con tan solo 12 años, se pregunta en qué clase de banco están sentados. El padre suspira y decide quedarse en silencio. 

El hijo, un capullo de mucho cuidado, le dice que su existencia está únicamente basada en una oración de diez palabras en la que nada está asegurado. Por ello, aclara mientras el padre cierra los ojos y frunce el ceño, necesita saber en qué tipo de banco se supone que están sentados. El hombre, superado por la situación y deseando que acabe cuanto antes, abre los ojos y se gira hacia el hijo inclinándose levemente como forma de demostrar la atención jamás le ha dado en años, desde el accidente en trineo. El pilluelo, entonces, pregunta de nuevo y aclara que el hecho de que aparezca el verbo «sentarse» podría apuntar a que el banco nombrado designa un mobiliario público comúnmente hecho de madera y hierro.

— Los hay de piedra, también. Quizá de otros materiales, pero yo no los he visto — afirma el niño.

El padre continúa mirándolo, callado, y el niño sigue.

— También podríamos estar sentados en el suelo de un banco de dinero, ¿no es cierto?».

El padre asiente con la punta del pie.

Mientras el niño sigue hablando, piensa en el Barça-Espanyol del otro día y en cuanto le mosquea el hecho de no recordar cuál de los dos equipos ganó. ¿Y cómo se llamaba del delantero centro del equipo blaugrana? Ahora no le viene el nombre y se siente cada vez más y más frustrado.

El niño mocoso del demonio sigue con su discurso y pregunta si acaso podrían estar sentados sobre un banco de peces, sobre una masa de boquerones que se mueven de aquí para allá, en conjunto. Se queda un momento en silencio y se lleva las manos a la cabeza. 

— Si fuese así se trataría de un banco de peces muertos.
— ¿Cómo muertos? — pregunta el padre.
— Fuera del agua, claro. De lo contrario no podríamos estar hablando ahora mismo — aclara el pequeño rompiendo a llorar. 

«Fermín algo», piensa el padre, que no consigue dar con el nombre del delantero. El niño sigue sollozando y el padre posa su mano sobre su hombro para consolarlo. «Vamos, admite que jamás leíste a Wittgenstein» le dice con cierta envidia y rencor que, como siempre hacen los cobardes, decide sacar en el momento de mayor vulnerabilidad de una persona. El niño no para de llorar, pero una cosa debe quedar clara: ambos siguen sentados en este banco.

(Si en este punto de la narración queréis o necesitáis más información, tan solo puedo decir que ambos personajes llevan una camiseta roja.)

El niño por fin deja de hiperventilar y el padre cree recordar que el futbolista se llamaba Colombino «Colo» Gómez. Sí, está seguro de que ese era el nombre. «Dios, qué alivio» piensa llevándose a la frente su mano empapada de lágrimas. El niño está callado, totalmente avergonzado. Leyó a Wittgenstein de pasada, muy por encima, y cuando le preguntan por el libro suele decir «son tantas frases y tantas verdades… que asustan» y cambia de tema; con eso se queda tranquilo. También sabe que tan solo conoce tres acepciones de la palabra banco y que no puede seguir con esto por mucho tiempo. El padre, que se siente aliviado de haber pasado ya por el bochorno al que le ha expuesto su hijo, se atreve a bostezar. 

De pronto, una masa imparable de agua entra por su boca. El padre abre los ojos por completo, como queriendo gritar. Se le escapa hasta un gas, del susto, que sube en forma de burbuja hasta la superficie del océano donde explota y se expande hacia el más allá. Dichosa burbuja de metano, nos matarás a todos. Detrás de ella, aparecen el padre y el hijo desesperados, con sus camisetas rojas totalmente mojadas y una expresión de terror en sus rostros. «Dios mío, estaban vivos», exclama el padre mientras señala a un banco de boquerones que se pierde por las corrientes. El padre mira avergonzado a su hijo. Quisiera decir que lo siente, pero no puede; no le sale. Según él -el niño tiene 12 años, recuerden- todavía no han vivido suficientes experiencias para afianzar su relación paterno filial. 

Pero, un momento, habíamos dicho «un padre» y «un hijo», pero en la frase no se aclara que ambos personajes estén emparentados. Todos somos hijos y otros tantos tendrán la condición de padres. ¿Qué clase de pensamiento arcaico y simplista ha intervenido en nuestro subconsciente como para dar por hecho cosas que no se han aclarado? El más pequeño, hijo de puta pesado, mira con extrañeza al hombre que tiene delante y que viste una camiseta del mismo color que él, pero más vieja y desgastada. El niño se aleja del padre, que le mira casi llorando, con unos ojos que parecen reconocerse en el otro. El agua está muy fría y comienza a anochecer. En sus miradas comienza a vislumbrarse un abismo de tiempo. «¿Tú tampoco le leíste, verdad?», pregunta el hijo.

Antes de que el padre pueda decir nada, unas manos les estiran y les suben hacia el césped verde del estadio Camp Nou. El niño está empapado y temblando. Lleva unas Nike nuevísimas que no se merece. Venido del cielo, el balón cae y se detiene frente a los pies del padre. Todavía en shock, levanta los ojos y mira hacia la lejanía. Moviendo el brazo, con una camiseta roja y unos pantalones ajustados, Colombino «Colo» Gómez espera la asistencia para marcar gol.

Autor

  • Nacido en la provincia de Tanzania, decidió tomar rumbo a Papúa Nueva Guinea para evitar casarse con una damisela portuguesa. Su desesperación se vio eclipsada por la de la dama, que emprendió un viaje en busca de su prometido que acabó con su trágica muerte a manos de Stuart Little; en su menos conocida etapa como agente del vietcong.

Nacido en la provincia de Tanzania, decidió tomar rumbo a Papúa Nueva Guinea para evitar casarse con una damisela portuguesa. Su desesperación se vio eclipsada por la de la dama, que emprendió un viaje en busca de su prometido que acabó con su trágica muerte a manos de Stuart Little; en su menos conocida etapa como agente del vietcong.

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